Vimos una comedia romántica con nuestra amiga, la dueña de casa, luego que se termino todo. Los demás se fueron a sus casas... y nosotros nos quedamos allá (yo pedí permiso a mi tía para quedarme, ya que me era mejor eso a caminar a su casa en la madrugada).
Al terminar la película mi amiga sabía que solo quedaba dormir. El hecho es que nos alojó a los dos en su living. Yo ocupé el sillón mientras que el durmió en el suelo, justo al lado mío. Éramos amigos, aunque no dejaba de ser incómodo todo, para los tres.
La verdad es que me resigné a no decir ni hacer nada de lo que me fuera a arrepentir. En ocasiones pasadas mis impulsos me llevaron a perder gente a la que quise mucho, así que ese era un momento para ser prudente.
Tratamos de intercambiar un poco de palabras. Para ambos era extraño dormir "uno al lado del otro". Creo que fue la primera vez que dormí en compañía de un amigo. Para él... no lo sé.
Y entonces comenzó a llover.
En ese entonces recuerdo estar más inquieta que nunca. Sentía ganas de quitarme algo de ropa porque ya estaba dándome calor estando vestida y con el cobertor encima. No lo hice por puro pudor, aunque de haberme emborrachado más hubiese hecho realidad ese y varios otros deseos.
La lluvia no me dejaba conciliar el sueño. Recuerdo quejarme en voz alta con él, mientras sus ojos estaban perdidos en alguna parte del techo. A eso me llamo a la calma, que solo era lluvia.
"Disfruta".
Aquella palabra caló hondo en mi pecho. Era un concepto que me parecía tan lejano, tan carpe diem, tan superfluo en ese entonces. Mi corazón latía a mil, la lluvia taladraba mis pensamientos ¿Y el estúpidamente me invitaba a disfrutarla?
De alguna forma u otra concilié el sueño, luego de la velada más extraña que había tenido. Pero si lo analizo de otra manera, fue sin duda la noche más mágica de todas las que he compartido con un hombre. No hubo besos, ni tacto, ni sexo casual, pero eramos nosotros rodeados por nuestras propias fantasías, deseos y remordimientos, acompañados de una tormenta, que de alguna u otra forma, representaba exactamente el fervor de nuestro interior.
Y toda impotencia se disolvió esa mañana, cuando desperté y lo encontré a mi lado, contemplándome.
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